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Tres cuentos taínos de Adalberto Correa-Negrón

Bohiques/Behiques

SONRISA TROPICAL

Por Adalberto Correa- Negrón

Baja el agua cristalina sobre las piedras ennegrecidas por el musgo estático, ancestral. Siempre moviendo su rauda canción por la tierra verde, tierra madre, tierra hermosa. Siempre adelante, pero sin prisa, de paso contínuo y caricias eternas. El cielo se refleja en su cuerpo, mística unión de alma y sangre, éxtasis de tierra disuelta en sus aguas y sol calentando sus venas en erótica atmósfera tropical. Humedad, calor... todo se une en frenética orgía de imágenes y sensaciones exóticas y sin control.

Domina el infinito el astro Sol. Sus rayos navegan por un mar de humedad. Impartiendo a su paso un toque de modorra sensual: misticismo tropical. Los dioses se pasean por este paraíso tropical de humedad, calor y sensualidad. Riegan el paraíso con su respiración de líbido tropical, erotofilia divina. Canta un ave entre la vegetación tupida y asfixiante, suena a gozo, a lloro... El lecho tibio de hojas en descomposición invitan al retozo de cuerpos rodando por la leve pendiente, levantando hojas a su paso, imitando el grito guerrero de las aves de colores en frenética danza de calor, luz y tierra...

Una silueta rompe la eterna superficie del agua. Mimada de los pájaros en su canto, abanicada por los árboles y arrullada por la brisa, la diosa taína descubre su cuerpo de bronce a la caricia del agua. Su cuerpo moldeado en barro y achiote, por sus venas corre la miel de centurias y sus ojos son del yagrumo oculto. Con un movimiento de éxtasis cierra sus ojos y se deja sentir, acariciar, cubrir, embargar por la corriente purificadora del agua sobre su cuerpo, entre su piel...

Venerada y codiciada por todos, apareció un día de otoÑo flotando en una nube marina. Cansada de la fría monotonía de color y sensaciones entumecidas por inviernos eternos, llegó cargada por la brisa del mar. Acercóse suavemente a sus playas y vió tortugas y peces de miles colores dándole la bienvenida, saltando. Posó su diminuto pié sobre la arena caliente y le gustó. Le gustó cuando caminó a través del bosque eterno y sin fin y las aves dándole la bienvenida, cantando. Miró a su alrededor y bebió lo colores infinitos y la luz infinita y el cielo infinito. Y dijo me gusta, mientras a su paso, la naturaleza copulaba enloquecida por el hechizo de su presencia...

Sale lentamente del agua, como queriendo dilatar la sensación del agua acariciando su cuerpo. El astro Sol envía un rayo que la arropa en su luz y la calienta. La brisa se encarga de vestirla con sus galas de diosa taína. Los árboles inmortales le proveen de su estera real. La brisa lentamente la envuelve en sus brazos y la eleva hasta su morada de diosa erótica. Mientras en el horizonte, el monstruo blanco de la civilización devora todo a su paso, envenenando con odio negro el paraíso tropical...

El guanín de Arocoel

Porque me pusiste al pecho

este guanín relumbante...

Juan Antonio Corretjer

Las gotas caían pesadamente sobre el suelo fangoso de la ladera del monte, en esa selva todavía virgen, intacta. Los musgos y helechos se hundían bajo el peso de sus pies sangrantes, cansados. Su cuerpo parecía derretirse y fundirse en uno solo con el barro de su Tierra Madre. Atardecía. Insignificantes rayos de sol atravesaban la espesura del follaje y, en ocasiones, fugazmente, en un intento fallido de dar calor a su cuerpo deshecho, herido, acariciaban sutilmente en vano intento efímero de brillar en su tez de cobre viejo. Corría, bajo la lluvia, dosel y penumbra. . .

Entre sus manos llevaba un disco antiguo y sagrado, símbolo de su raza y orgullo. Lo recogió cuando el dios blanco, con su dedo tronante, matara de un solo grito, de un solo suspiro, al portador del áureo símbolo. Fue el último cacique escogido.

Ahora, mientras avanzaba penosamente a través del bosque espeso, recordaba. Cómo su niñez transcurrió en un mundo forjado en la lujuria de un paraíso tropical. La naturaleza lo cobijaba como madre, como amante, a veces castigaba implacablemente, sin misericordia. Por eso aprendió a respetarla y a rendirle culto. Aprendió los secretos de las plantas, de las estaciones y de la cohoba que lo comunicaba con los espíritus del Coabey y los dioses que castigaban la insensatez de los hombres. Esto fue lo último que le enseñara su maestro antes de morir. Recordaba aun las miradas de envidia de sus compañeros cuando el viejo bohique le dijo ven, y se internaron en el bosque espeso y eterno, hasta donde nunca antes había llegado a buscar hierbas. Uno, dos, tres días de camino hicieron antes de llegar al lugar escogido, luego cuatro, cinco, muchos días más tomaron para prepararse para la ceremonia. Mientras hacían los preparativos, le hizo recitar varias veces la historia de su tribu, todos los usos de cada planta que señalara y las estaciones del año en que era más propicio hacer la cohoba. Luego inhalaron los polvos que abrían las puertas de las moradas de los espíritus y habló con ellos, y ellos hablaron con él. . .

Era casi un sueño. Sintió primero como si se elevara, flotando por encima de toda atadura terrestre. Poco a poco, sombras luminosas lo rodearon y le dieron la bienvenida. Vió caciques, nitahínos y ancianos que reconoció como los de las historias de su tribu. Guerreros cuyas hazañas las oía contar desde niño en los areytos y que ahora él contaría a los niños y a los adultos para que su pueblo no las olvidara. Por entre la niebla de seres etéreos ve una figura que no se desvanece como las demás, sino que lo mira fijamente. En su pecho brilla un disco de oro, resplandeciente como el sol. Reconoce su nombre mientras El le tiende su mano. Te estaba esperando y se sintió llevado, te mostraré lo que sucederá a nuestro pueblo cuando llegue el dios blanco, sintió un dolor profundo en su pecho, las madres llorarán y lamentarán ser madres, el eco de los gritos llenó sus oídos, los hombres caerán por el dedo del dios blanco, los campos verdes se cubrieron de sangre, y el canto de los areytos no será ya escuchado, la mirada perdida de un niño solitario quedó suspendida en el aire, alejándose poco a poco. El alma de nuestro pueblo morirá y tú serás su última morada. Toma, y saca de su pecho el disco deslumbrante y suavemente lo coloca en sus manos. El resplandor crece hasta herir su vista y envolverlo todo, como si se tragara la realidad y tan sólo quedara blancura primigenia. . .

Despierta sobresaltado. El breve sueño reunió las pocas fuerzas que le quedaban para subir el último recodo de bosque eterno. Llega hasta la entrada de la gruta, oculta bajo un espeso follaje en el corazón del Otoao. Aprieta el disco contra su pecho y mentalmente recorre el interior de la gruta sagrada. Hace muchas lunas que entrara por primera vez. Esa vez tenía también el disco dorado en sus manos, recién hecho. Con él entró el nuevo cacique a envestirse de autoridad, a presentarse ante el dios bueno, aquel que habitaba en la montaña, el Gran Señor de las tierras. Hizo el disco con sus propias manos, en su mente llevaba fijo el recuerdo de un brillo cegador y su corazón palpitaba cuando lo colocara por vez primera sobre el pecho del nuevo cacique, allí, dentro de la gruta sagrada. Mira hacia el cielo y sabe que los espíritus pronto rondarán por ahí y le preguntarán porqué has venido y su corazón tan sólo responderá con una lágrima y un suspiro de muerte.

Con dificultad separa el espeso follaje que cubre la entrada a la cueva. Entra, fatigado, respira la penumbra que lo envuelve. Afuera, los pájaros cantan en algarabía vespertina, anunciando la muerte del día, ajenos a otras muertes, la muerte de un pueblo. Llega hasta el fondo y se recuesta de la pared rocosa. Por entre el follaje espeso que cubre la entrada se cuela un tenue rayo de luz, hijo de aquel sol agonizante, del Camuy que hoy vería por última vez. El débil rayo se abre paso por la creciente oscuridad y llega hasta el fondo de la caverna. Acaricia suavemente un mentón que va perdiendo lentamente su calor. Su pecho se ilumina por un momento, los espíritus se van acercando poco a poco y lo rodean mientras el tenue rayo de sol agonizante trata inútilmente de darle vida a un disco de oro. Entre los rostros níveos se destaca uno que lo mira fijamente y le tiende sus brazos, a su lado su maestro le dice ha terminado. El brillo va muriendo gradualmente y la oscuridad se apodera de la cueva. Al fondo, unos dedos fríos sujetan firmemente un disco de oro.

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Baracutay

Por Adalberto Correa- Negrón

Un rayo de sol nuevo desplazábase suavemente por el interior de la gruta sagrada. A su paso iba descubriendo el cobre lustroso de un cuerpo divino. Subía, por el cuerpo tendido, con la majestuosidad que produce la lentitud ceremoniosa de una marcha imperial. El beso con sus labios fue cálido, amoroso, como los que despiertan a seres queridos, e intenso y profundo, como los que abren las puertas veladas del recinto sagrado del amor. El contacto con sus párpados unidos, como manos en rezo ingenuo, fue ligero, casi tenue, como el roce primero que despierta en el alma virginal la sed y el ansia de amar.

Abrió lentamente sus ojos de astro sereno. Recorrió con su mano regidora su cuerpo de cobre moldeado en barro, barro rojo y delineado con achiote, semilla sagrada y tinte ritual. Se irguió completamente, ya con el sol de lleno sobre su altiva figura arauca, contemplando, escuchando el silencio, tratando de distinguir entre los sonidos matutinos del bosque tropical el canto agudo de algún bohíque en narcótica cohoba invocadora.

Se sentó sobre su áureo dujo sagrado. A su diestra, el Cemí, con el brillo velado por el polvo de cinco centurias profanando su figura sagrada. A su izquierda, el collar de piedra, serpiente madre y tierra primera de libertad arauca.

Sentóse así, esperando con paciencia de dios bueno la invocación de algún araguaco festivo, los cantos de areyto salvaje saludando su llegada o el batuto indicativo de peligro, de caribes hambrientos o Juracán furioso en cauces sin cauce, descontrolados. Al caer la noche, los rayos que lentamente foljaron su cuerpo y que fueron testigos de su inactividad heroica, decaen de una manera no precisa, sin orden, imperceptibles, como el puñal clavado en su pecho por el silencio de su pueblo aruaco. . .

Sintió la presencia del espíritu cerca del fuego sagrado. Su lento acercarse indicaba reverencia y miedo. Le tendió su diestra divina y con voz que sabía a verde frondoso y olía a exhuberancia tropical le llama:

- Operito.

Y el ánima inclina su forma en reverencia sumisa. El dios bueno en espera de su ofrenda o súplica le mira altivo y bondadoso, firme y consentidor, extrañado de que esta aparición escapada del Coabey estuviera ante Él. Le interroga, y más o menos le contesta lo que en lengua cristiana diría así:

- "Oh Hijo de Atabex, distingue a tu pueblo porque ante Tí se encuentra! Perdona nuestro abandono a tu culto sagrado! Cuando vinieron los dioses blancos, nos compraron tus rezos a cambio de un trozo de turey caído, te abandonamos para adorar en lengua incierta al Padre y a la Madre, entregamos nuestras hijas esperando tener hijos de dioses y trabajamos como naborias entregando nuestra libertad innata que de Tí heredamos. Fue lo último que ofrendamos. Porque gritos de guerra y rebeldía cuando descubrimos el engaño, despertaron en nosotros la ira de la indignación. Y te invocamos en areyto salvaje, pero Tú, ya te habías ido..."

Siguió escuchando hasta que el espíritu colectivo se desvaneciera atravesado por un rayo de sol incipiente. Quedóse como tallado en piedra. Salió hacia la selva de lluvia y aunque la llamara la cotorra amiga no vino a su encuentro. Y vió que un hombre extraño profanaba Su Morada, destruyéndola. Bajó hasta ellos, pero no reconocieron su presencia autoritaria, ni temblaron a sus pies ante su furia inminente. Pronunció palabras de guerra y nadie le contestó. Convocó señales celestes y meteóricas, pero no escuchó los cantos salvajes de areytos desenfrenados reaccionando a su llamado...

Al atardecer, postrado en la cueva sagrada del corazón del Otoao (lugar que sólo caciques escogidos penetraban para investirse de Su autoridad), impotentes lágrimas mojaban el polvo que cinco centurias depositaran sobre los objetos abandonados de autoridad. Todo olvidado, desierto, abandonado. Juracán enanejado en su morada más allá del mar, sin la furia guerrera y sed de destrucción con que le había conocido y enfrentado.

- Hemos sido olvidados, despojados de nuestra autoridad divina, suplantados por un dios blanco, muertos nuestros hijos y el temor a nuestro culto y nosotros... es nuestro Coabey...

Pero no podía ser cierto. Yucayeques extraños rompían el verdor de su tierra mimada. En su refugio, escuchaba el lamento de los coquíes repitiendo la historia que había conocido o adivinado. Recogió del suelo el Guanín dorado abandonado por el último cacique escogido. Las manchas frescas de sangre taína contaron la historia de su última lucha contra el dios blanco y el sacrificio de un bohíque fiel que recuperó el áureo símbolo y lo ocultó en este lugar sagrado. Sintió la furia guerrera abrirse paso en sus venas. El mismo Juracán lo había sentido en ocasiones y salido de su encierro, destruyéndo todo en frustración de dios olvidado. ¡No! Él no sería olvidado, recuperará su tierra taína otra vez y se sentará sobre su montaña sagrada para recibir la adoración de su pueblo resucitado. Los coquíes callaron para escuchar su juramento pronunciado con el Guanín en alto y lo repitieron de montaña a montaña, hasta el valle y luego a la montaña hasta el mar. Y las aves se revolvieron en su nido ansiosas de cantarlo en la alborada del día que empezaba a nacer, las reinas palmas alzaban su cogoyo altivo otra vez, presurosas de recibir la mañana y la brisa juguetona con el orgullo de sus hojas cortando un firmamento más brillante, más azul. . .

Mientras en la cueva sagrada, el dios taíno mantenía el Guanín en alto, repitiendo su promesa como en canto ritual. En el horizonte, el sol rompía los sellos de un turey nuevo, abriendo caminos renovados sus rayos lentamente despejan la oscuridad nocturna. El astro, percibiéndolo, envía un rayo nuevo a la cueva sagrada y cortando la oscuridad centenaria hiere el disco de oro, resucitándolo. . .

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                                              bohiqueseditor@yahoo.com

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