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Los boricuas en la escuela para indios de Carlisle

Bohiques/Behiques

Una historia casi olvidada:

los boricuas en la escuela para indios de Carlisle.

Por Sonia Migdalia Rosa

"Maten al indio, salven al hombre" era el lema de la escuela industrial para indios ubicada en Carlisle Pennsylvania y fundada por el Capitán Richard Henry Pratt. Carlisle era un escuela de corte pseudo-militar, organizada con el propósito de educar y "civilizar" a los nativos norteamericanos. La vida en la escuela para indios estaba altamante regimentada. A los jovencitos se les prohibía el hablar su idioma natal y su apariencia física era inmediata y radicalmente cambiada. El castigo físico era permitido y los jovencitos mientras recibían educación de inmersión total en el idioma inglés, eran preparados para vocaciones como: albañilería, imprenta, zapatería, costura, panadería, etc. La estadía en la escuela se complementaba con un sistema de salidas a los hogares de auspiciadores que en muchas ocasiones los hacían trabajar como sirvientes y en otras tantas los trataban como a un miembro regular de la familia. No podeamos dejar de mencionar que la Escuela para Indios de Carlisle tenía fuertes lazos con las iglesias protestantes y promovía de manera proselitista un cambio de religión entre sus alumnos.

Pratt utilizó su oratoria y magnética personalidad para convencer a los jefes, " caciques" de las tribus amerindias para que enviaran a sus hijos a esta escuela. El quería educar a los hijos de la élite india porque pensaba que ellos podían convertirse en agentes de cambio al regresar a sus tribus.

Inmediatamente después de la segunda conquista de Puerto Rico por los nortemericanos, se instituyó un sistema de becas para educar a la élite en el inglés, cultura y estilo de vida norteamericano. Jovencitos boricuas fueron enviados a estudiar en las escuelas para afro-americanos Tuskegee y Hampton y también fueron enviados a la escuela para indios ubicada en Carlisle.

El Dr. Martín Grove Brumbaugh, segundo Secretario de Educación de Puerto Rico, bajo el gobierno militar de Estados Unidos (1901), puso en vigor este controversial programa, utilizando el mismo método previamente usado por Pratt. Brumbaugh apeló directamente a los padres de estos jóvenes y señoritas puertorriqueños. La mayoría de ellos ya habían terminado la Escuela Normal (octavo grado), eran poseedores de méritos intelectuales y venían altamente recomendados por sus maestros.

Fue grande la sorpresa de ellos al descubrir que la Universidad a la que habían sido enviados no era lo prometido, era una escuela industrial donde se vieron obligados a hacer trabajos serviles . La voz de queja de los padres llegó hasta los oídos de Don Luis Muñóz Rivera. Para aquella época el residía en Nueva York y lidereaba el periódico Puerto Rico Herald. Muñóz quizo confirmar con sus propios ojos cuál era la condición de estos jovencitos boricuas y visitó la escuela industrial. Luego de su visita publicó un artículo explicando sus hallazgos. Aparentemente había una percepción general bien conocida por Muñóz- Rivera que este grupo de jovencitos estaban en Estados Unidos para recibir una educación superior. Luis Muñóz Rivera escribió:

Aquellos que pensaron que sus hijos e hijas se convertirían en doctores, abogados y arquitectos fueron engañados.[…] Me resisto a admitir que el Sr. Brumbaugh, a quien considero un educador inteligente y una persona seria, prometió cosas que en la realidad no son ciertas. Si estas ofertas son confirmadas, entonces graves cargos deben resultar en contra del Departamento de Educación.1

Aparentemente Muñóz Rivera ofreció a los chicos la opción de regresar con él a Nueva York y eventualmente a Puerto Rico. Ellos decidieron quedarse y por lo menos concluir con sus estudios del idioma inglés.

La historia de los sesenta y dos chicos y chicas que asistieron a la escuela para indios de Carlisle, se puede encontrar fragmentada en los Archivos Nacionales de Washington, DC (NARA). Es una historia contradictoria, un tanto confusa y opaca la que pintan los documentos del folio 75 de NARA.2 Cada estudiante boricua tiene una carpeta con detalles sobre su persona como: peso, estatura, pueblo de procedencia y edad al momento de su llegada a Carlisle y su fecha de partida con la razón para dejar la escuela.3 Preguntas a granel ocupaban mi mente a diario en cuanto a este capítulo casi olvidado de la historia de Puerto Rico. Quería saber todo sobre estos jovencitos. Sobre todo deseaba saber que fue de ellos luego que dejaron la escuela de Carlisle.

Es aquí donde la genealogía y la perseverancia entran en juego. Busqué de nuevo y con más detalle en NARA, la Biblioteca del Congreso, visité el Cumberland Historical Society en Carlisle, los archivos de Ellis Island, cada página de Internet de genealogía puertorriqueña que existe y hasta busqué en la guía telefónica y llamé a extraños.

Los resultados no se hicieron esperar y las historias completas con fotos y emotivas narrativas llenas de sopresas comenzaron a llegar a mis manos. Mi más grande sopresa fue el descubrir que estos adolescentes le escondieron a sus descendientes la verdad sobre sus años en Carlisle. Muchos mencionaron sus estudios en Estados Unidos pero ninguno le aclaró a sus familiares que esta era una escuela para nativo americanos.

La primera historia de los ex-alumnos boricuas que asistieron a Carlisle que llegó a mis manos fue la de Elvira Vélez4. Elvira era la hija de Francisco Vélez hacendado lajeño, que más adelante fue alcalde de este mismo pueblo. Al regresar de Carlisle se casó con Adolfo Grana y levantó una familia exitosa. Su nieto Dr. Gustavo Grana mantiene una linda página famliar donde nos narra como ella levantó a su familia luego de enviudar.5

Luego supe de la historia de Concebida Duchesne. Concebida era huérfana y provenía de una familia de músicos eminentes. Su hermano Rafael Duchesne todavía es considerado como uno de los prodigiosos de la danza puertorriqueña y hasta escribió una danza titulada Concebida. Concebida fue una de las más jovencitas del grupo que asistió a Carlisle. Regresó a la isla como maestra de inglés pero no adaptó a la vida local. Sus documentos afirman que ella fue adoptada por una familia norteamericana aunque aparentemente no olvidó sus raíces. Nos cuenta su sobrino nieto el Dr. Juan Duchesne que Concebida perdió su dominio del español y que las cartas que se intercambió por años con su hermano, el padre de don Juan eran estrictamente en inglés. Concebida es recordada por sus parientes como la chica de piel oscura que se convirtió al protentastismo y dejó la isla para residir en Poughkeespie Nueva York para siempre.

Enrique Urrutía provenía de una familia con estrechos lazos a la Corona. Su tía abuela fue doña Catalina de Urrutia y Montoya, esposa del gobernador de Puerto Rico, Don Juan Dabán y Busterino (1783).6 Enrique regresó a la isla luego de una estadía de casi cinco años en Carlisle. Tomó los exámentes para oficial del ejército de los Estados Unidos y los pasó exitosamente, convirtiéndose en uno de los primeros oficiales boricuas en el "Porto Rico Provisional Regiment". Participó en la primera y segunda Guerra Mundial y desarrolló una carrera militar. Su hijo, nieto y bisnieto han seguido sus pasos. Enrique Urrutia se retiró con el rango de Coronel y sus restos descansan en el Cementerio Nacional de Arlington. Su familia desconocía del todo acerca de su estadía en Carlisle. En la actualidad su bisnieto se encuentra en entrenamiento militar en donde fuera la escuela de Carslile y que en la actualidad se conoce como los Carlisle Barracks.

Juan José Osuna se convirtió en un educador reconocido de Puerto Rico. Su libro History of the Education In Puerto Rico es la biblia sobre el tema y lectura obligada para todoa aquellos que somos educadores. Osuna fue a la escuela Carlisle y narró sus experiencias cerca 30 años después en un artículo titulado: An Indian In spyte of myself, publicado en la revista profesional Summer School Review (1931) Osuna nos narra como jugó con el sistema para mantenerse lejos de la institución viviendo con sus auspiciadores. Allí las cosas tampoco fueron fáciles, la gente de la comarca venía los domingos para ver al muchacho que no era indio, pero que era "Porto Rican" que trabajaba con la señora Myra. A pesar de la humillación Osuna trabajó hasta obtener la educación que tanto deseaba. Se graduó de la escuela de indios de Carlisle y asistió a la graduación para recibir una nueva muda de ropa. Osuna fue uno de más conocidos profesores de la Universidad de Puerto Rico y uno de los fundadores de la Editorial Universitaria. En la actualidad existe una escuela en Caguas y hasta una avenida que lleva el nombre de Juan José Osuna.

Las historias siguieron llegando y tomando forma, entre ellas los detalles sobre la vida pia y bondadosa de Belén Nin, la leyenda sobre Pedro Enrique Musignac y la noche en que perdió el negocio familiar, la historia de la vida de Nemecia Orriola y los interesantes detalles de la familia de Julio Hoheb que provino de las Islas Vírgenes. Todas estas historias de superación deben ser contadas para la posteridad. La última historia humana que compartiré con ustedes es la de Cástulo Rodríguez, escuché la misma de labios de su hija doña Olga Rodríguez. Doña Olga7 es una octogenaria brillante y encantadora, amante de la genealogía y con una fascinante historia que contar. Don Cástulo fue uno de los cinco jovencitos boricuas que logró escapar de Carlisle. Los chicos que escapaban de la institución eran tratados como criminales y el sheriff salía a capturarlos y regresarlos a la escuela. ¿Cómo pudieron escapar estos chicos boricuas? Doña Olga aclaró el misterio. La familia de los Rodríguez tenía una estrecha relación con la familia Muñóz- Rivera. El padre de Cástulo le enseñó las primeras letras a Muñóz-Rivera. Especulamos " a posteriori" que el prócer Muñóz-Rivera ayudó al hijo de su amado maestro a escapar de la opresión de la escuela Carlisle.

Recientemente visité el Cementerio de la escuela de Carlisle. El marcador frente al cementerio lee:

Esta escuela fue un modelo para un sistema nacional de escuelas de internado organizadas con la intención de asimilar a los indios americanos a la cultura mayoritaria. Más de 10,000 niños indígenas estudiaron en esta escuela entre el 1879-1918. A pesar de tener unos comienzos idealizados, la escuela dejó un herencia mixta, creo oportunidades para algunos estudiantes e identidades en conflicto para otros. En este cementerio hay 186 tumbas de los estudiantes que murieron en Carlisle.8

Ningún boricua está enterrado en este cementerio.9 Ellos fueron los afortunados, pudieron regresar a su hogar, algunos con oportunidad en una mano y otros con identidades en conflicto en la otra. A pesar del dolor y el sufrimiento los boricuas que participaron de la experiencia que fue la Escuela Industrial para Indios de Carlisle, se levantaron de las cenizas. Los puertorriqueños de Carlisle nos han dejado un legado histórico de fortaleza en la adversidad y superación ante las fuerzas avasalladoras de la conquista.

 

Notas al calce

1 Muñóz Rivera, Luis. Una visita al Indian School. Revista de genealogía puertorriqueña. Año 1:2. 2000.

2 Los documentos llegaron a mis manos gracias a la generosa colaboración de Jorge Estevez del Museo Smithsonian de Nueva York.

3 El documento se llama el " Descriptive and Historical Record " y es una tarjeta donde se destaca que los jovencitos boricuas pertenecen a la tribu "Porto Rican"

4 Quiero agradecerle a Laura Irrizary por compartir sus hallazgos sobre su tía - abuela Elvira Vélez.

5 La página de la familia Grana se encuentra en: http://famgrana.homestead.com/raicesytroncos.html

6 La página de la familia Dabán tiene un retrato de doña Catalina pintado por Campeche: <http://www3.primushost.com/~ginorio/garriga/Urrutia/urrutia.htm>

7 Doña Olga Rodríguez publicó un interesante artículo sobre Carlisle en la Revista de la Sociedad de Genealogía de Puerto Rico, en el año 2000.

8 Texto del marcador frente al cementerio de Carlisle. Traducido al español por Sonia M. Rosa

9 Algunos de los jovencitos nativo americanos internados en Carlisle murieron a consecuencia de enfermedad, abusos y algunos simplemente se dejaron morir de hambre ante la imposibilidad de escapar de la institución.

 

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