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Bohiques/Behiques

Guiros y maracas y otros cuentos infantiles

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Güiros y maracas

 

por Sonia M. Rosa

 

Mabo estaba aburrido. Era un día lluvioso y tenían que permanecer dentro del bohío. Su bohío era grande y cómodo porque Mabo era el hijo del cacique.

-          Estoy tan aburrido- dijo Mabo a su  naboria Yael.

-          Yo también – contestó Yael, el siempre servicial  y leal naboria

-          No hay nada que hacer en estos días lluviosos. Ya comimos, ya dormimos y no podemos cazar o nadar o salir a pescar.

-          Me gustaría salir a nadar y ver las ballenas dijo Mabo – con un tono de voz cansado.

 

A lo lejos, en la esquina del bohío estaba su madre Caona y que con su suave voz les dijo, casi en un susurro.

          - Puedo enseñarles a hacer güiros  y maracas.

 

Mabo se quedó callado , pero  Yael  brincó al lado de Caona aceptando la  invitación y con tono muy animado  le dijo  muchas veces.

 

-          Si, si, si, si ,si enséñame. Por favor, enséñanos a hacer güiros  y maracas.

 

Ambos chicos que tenían solo unos ocho años y  habían visto los güiros  y maracas en muchas ocasiones.  Siempre había alguien que tocaba esos instrumentos musicales en los areítos sagrados  y  Turabo el cantante de la tribu siempre los sacaba de noche de su bohío, para acompañar sus composiciones. Turabo tenía piel cobriza; ojos achinados; mandíbula prominente; pómulos marcados; frente inclinada hacia atrás; cabello negro, lacio y largo; su estatura era mediana y su cuerpo ágil. Era un taíno hermoso y un gran guerrero.

 

 La mente de Yael voló al último areíto. Casi podía escuchar la música.  Los areítos eran super importantes para el yucayeque   porque  celebraban ocasiones de  gran alegría y también momentos de tensión  como cuando se avecinaba una guerra. En su mente Yael escuchaba la música de tambores, maracas y guiros. La imagen del behique Múcaro le llegó a su mente y casi brincó del susto. El behique  siempre cargaba con una maraca. Yael temblaba cada vez que veía al médico brujo con su maraca y sus hierbas medicinales. El behique de su tribu era la mano derecha del cacique y siempre estaban en reuniones secretas.  

 

 Los pensamientos de Yael se vieron interrumpidos por la suave voz de  Caona que ya se había subido al techo del bohío y sacado los materiales  necesarios para hacer los guiros y maracas.

Mabo se quejó:

 

-Yuquiyú debe estar enojado. No deja de llover.

 

Las quejas de Mabo quedaron interrumpidas por el canto de Yael  que movía dos maracas en un ritmo rápido y alegre.

-          Chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha, chacha,cha, sonaban las maracas mientras Mabo cantaba con voz de tenor: -

-          Bu-ru-que-na, bu-ru-quena, tie-rra bue-na Bu-ru-que-na, bu-ru-quena, bu-ru-que-na, bu-ru-quena.

 Caona y Mabo se reían al ver al pequeño  naboria tan contento.

 

          No dejó de llover  durante  toda la tarde. Caona era una paciente maestra. Los  dos chicos se olvidaron de la lluvia torrencial y  se esforzaron en su tarea. El  atardecer había llegado y la lluvia se detuvo. Mabo,  Yael y   Caona salieron a observar la espectacular puesta de sol.

          Yael nuevamante comenzó a cantar y también a danzar. Llevaba en su mano su nueva maraca que sonaba clara y fresca. Yael y Caona se le unieron mientras sonaban sus cantoras maracas  y sus voces se escuchaban por todo el valle mientras cantaban:

-Bu-ru-que-na, bu-ru-quena, tie-rra bue-na Bu-ru-que-na, bu-ru-quena, bu-ru-que-na, bu-ru-quena. 

 

 

 

 

 

 

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Manta Roja ¿Qué pasaría si  la Caperucita hubiera sido taína?

Por Sonia M. Rosa

Había una vez una niña taína muy bonita. Su madre le había tejido una hermosa manta roja y la niña taína la llevaba tan a menudo que la gente comenzó a llamarla Manta Roja.

Un día su madre le pidió que le llevara una canasta llena  de yucas, batatas, piñas y ajíes a la abuela que vivía en otra aldea al cruzar el río. Su madre le pidió que hiciera su caminata por el borde del río y que en la parte menos profunda del río cruzara. También le recordó acerca de la malvada jutía que vivía por aquellos lugares y que se rumoraba era tan y tan despreciable que había intentado comerse a los niños de la otra aldea.

Manta Roja recogió la cesta con las yucas y las otra delicias y se puso en camino. La niña tenía que caminar por el río para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los guaraguao y los zun-zunitos.

    Como estaba distraída luego de que sus amigos se marcharon volando de repente vio a la jutía, que era enorme, delante de ella.

- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó la jutía con su voz ronca.

- A casa de mi abuelita- le dijo Manta Roja, desobedeciendo los consejos de su madre que siempre le había advertido que no hablara con animales extraños.

- No está lejos- pensó la jutía peluda y apestosa para sí, dándose media vuelta y caminando desenfadada.

   Manta Roja puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: - La jutía se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de las yucas.

    Mientras tanto, la jutía que era muy astuta se fue a casa de la abuelita, llamó suavemente a la puerta del bohío y la anciana le abrió pensando que era Manta Roja. Un guerrero que pasaba por allí había observado la llegada de la infame jutía.

    La jutía devoró a la abuelita y se puso el collar de camándulas de la desdichada, se metió en la hamaca, se arropó con una manta negra y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Manta Roja llegó enseguida, toda contenta.

    La niña se acercó a la hamaca y a pesar de la oscuridad del bohío vio que su abuela estaba muy cambiada.

- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más chiquitos y brillosos tienes!

- Son para verte mejor- dijo la jutía tratando de imitar la voz de la abuela.

- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más chiquitas, puntiagudas y peludas tienes!

- Son para oírte mejor- siguió diciendo la jutía.

-Abuelita que naríz tan grande y negra tienes.

_ Es para olerte mejor- susurró la jutía.

- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

- Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, la jutía malvada que nunca saciaba su hambre se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.

    Mientras tanto, el guerrero se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones de la jutía, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en el bohío de la abuelita. Pidió ayuda a un naboria y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y a la jutía tumbada en la hamaca, dormida de tan harta que estaba.

    El guerrero sacó su macana y comenzó a darle golpes al vientre de la jutía. La jutía despertó sorprendida y adolorida. Entonces el naboria le abrió el estómago con su hacha. La Abuelita y Manta Roja estaban allí, ¡vivas!.

    Para castigar a la malvada jutía, el guerrero la arrastró hasta donde estaba el behique de la aldea que después de llenarle vientre de piedras y cerrarlo, le lanzó un hechizo. Cuando la jutía despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.  Cuentan los que pasan por aquel río que la jutía vive atrapada en las profundidades del río y que no puede salir a la superficie a pesar de sus esfuerzos.

    En cuanto a Manta Roja y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Manta Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su abuelita y de su mamá.

El guerrero quedó prendado de Manta Roja y rápidamente habló con la abuela para que llegado el momento Manta Roja fuera su esposa. Es de ahí en adelante que los taínos decidieron cazar a las jutías y comérselas.

FIN

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                            Escríbame a:
                                              bohiqueseditor@yahoo.com

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